
El castigo le enseña al niño lo que no debe hacer, pero no lo que sí tiene que hacer. Y esa diferencia lo cambia todo.
Por eso, la mejor forma de que un niño aprenda a autorregularse y ser responsable son las consecuencias. Ahora bien, cuidado: las consecuencias son algo distinto al castigo, aunque muchas veces las usemos exactamente igual.
Un niño capta el mensaje solo cuando percibe las consecuencias de su conducta. Con el castigo, ese mensaje no llega.
El truco mental del “aplicar consecuencias”
Cuando hablamos de aplicar consecuencias, ya nos estamos equivocando. Cambiamos la palabra “castigo” por “consecuencias” y nos quedamos más tranquilos pensando que ya no estamos castigando, pero en esencia seguimos haciendo lo mismo. Como bien señala Shefali Tsabary:
Las consecuencias no son algo que escojamos, como si paseáramos por los pasillos de un supermercado llenando el carrito. Una consecuencia se incorpora automáticamente a una situación, sin que tengamos que “hacer” nada. En cuanto imaginamos que hemos de “aplicar” una consecuencia al niño, ya nos hemos trasladado al terreno del castigo.
Las consecuencias, por tanto, son naturales y están directamente relacionadas con la situación. Y absolutamente todas las conductas tienen consecuencias naturales: resultados positivos o negativos que mejoran nuestra vida cotidiana o, por el contrario, la dificultan.
Permitir que las consecuencias naturales sigan su curso no es algo punitivo, sino una parte necesaria para ayudar al niño a crecer.
Consecuencias naturales vs. consecuencias artificiales
Empecemos a permitir el curso de las consecuencias naturales y dejemos a un lado las “consecuencias artificiales”: esas que imponemos nosotros y que, en el fondo, no dejan de ser un castigo disfrazado. El niño no logra conectar con ellas porque son totalmente ilógicas.
Algunos ejemplos:
• El niño llega del cole con una mala nota y le retiramos el móvil.
• Un niño le pega a otro y el padre le grita —o incluso le pega— “para que aprenda a no pegar”.
• Como no ha llegado a su hora, mañana va a salir más tarde.
Muchas veces, además, “aplicamos” este tipo de consecuencias en función de nuestro estado de ánimo, lo cual es un error grave: las convertimos en algo arbitrario y nuestro hijo no sabe a qué atenerse en cada momento. Pero nos cuesta muchísimo soltar esa sensación de tener el control.
Estamos tan acostumbrados a imponer “lecciones” a nuestros hijos, que permitir que estas surjan de forma natural nos parece contraintuitivo.
Veamos algunos ejemplos reales de consecuencias naturales:
• Llenamos demasiada agua en un vaso y se desborda. La próxima vez echamos menos.
• Tocamos un horno o cualquier fuente de calor, nos quemamos y aprendemos a no tocarlo.
• Subimos las escaleras corriendo y sin atención, nos caemos y la próxima vez vamos con más cuidado.
Eso sí, hay algo importantísimo: La única vez que debemos impedir que una consecuencia natural tenga efecto es cuando hay peligro real.
Por ejemplo, si el niño va a cruzar la calle sin mirar, meter los dedos en un enchufe o ingerir un producto tóxico, ahí no esperamos a la consecuencia natural: intervenimos.
Características de las consecuencias naturales:
• Respetan la dignidad del niño.
• Están directamente relacionadas con su conducta.
• Tienen sentido.
• Hacen que el niño se responsabilice de sus acciones.
• Fomentan el diálogo y la reflexión conjunta entre padres e hijos.
• Van a la raíz del problema, no se quedan en la superficie.
La paciencia: el ingrediente que más cuesta
Para nosotros es difícil ser pacientes, porque las consecuencias no siempre enseñan una lección al instante. No tienen el efecto inmediato del castigo, pero a largo plazo permiten al niño crecer y lo preparan para las consecuencias que se le presentarán a lo largo de su vida. Con el castigo, en cambio, lo único que aprenden es a obedecer.
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